Por Manuel Carmona
En la política, tal como en el amor, no basta con querer; es necesario también tener la capacidad. Y en Tlaxcala, el poder ya tomó su decisión.
En las próximas horas, salvo un milagro –de esos que ni siquiera la Virgen de Ocotlán realiza ya–, Ana Lilia Rivera Rivera será presentada como la presidenta de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación. Para quienes no están familiarizados: será la candidata de Morena para la gubernatura.
No hay sorpresa alguna. Su designación era inevitable.
Rivera no se impuso por su carisma, aunque ciertamente lo posee en abundancia, ni por su habilidad oratoria. Su triunfo se debe a lo único que Morena realmente valora: las cifras.
Durante varios meses encabezó todas las encuestas, tanto las legítimas como las manipuladas, las que medían reconocimiento y las que medían preferencia. Mientras otros se auto-promocionaban en todas partes, ella acumulaba intención de voto. La matemática es inflexible y no toma en cuenta fidelidades palaciegas.
El segundo elemento, y el más determinante, es que cuenta con el respaldo de la nomenclatura. No de la facción cuellarista que opera desde el Palacio de Gobierno, sino de los fundadores de la Cuarta Transformación vinculados a López Obrador y Claudia Sheinbaum. Rivera pertenece a ese grupo que combina lealtad con obediencia y que dentro de Morena tiene más peso que cualquier doctorado obtenido en Harvard.
En tercer lugar, y esto es ya una tendencia y no una casualidad: el Senado tiene la ventaja. En la reciente selección de prospectos estatales, la ruta del Senado ha sido la vía rápida. Ser senadora con licencia hoy equivale, en términos priistas, a haber sido secretario de Gobernación. Es la antesala al poder.
Esto explica la derrota del favorito local. Alfonso Sánchez García, el delfín de Lorena Cuéllar, quien contaba con recursos ilimitados y una campaña sin austeridad republicana, que cubrió tantas bardas que parecían ocultar el Popocatépetl. No fue suficiente. No logró comprar lo que Rivera ya poseía: popularidad. En Tlaxcala, al menos esta vez, el dinero no pudo comprar el cariño del electorado.
El anuncio de Ana Lilia no representa un logro personal. Es un recordatorio contundente de que, dentro de Morena, Tlaxcala no es quien decide sobre Tlaxcala.
